agosto 07, 2008

Arrastrando los tacones por el primer cuadro

Me choca esperar. Sentarme en una banca, pararme bajo un reloj de estación, pasearme por una plaza o contemplar el paso de la gente desde un café con una taza cuyo contenido se hace menos al mismo tiempo que mi paciencia, son las actividades que menos disfruto en la vida. Tolero bien esperas que no superan el cuarto de hora, más allá de este punto preciso de una llamada o mensaje que confirmen la cercanía, la proximidad del encuentro.
No puedo concentrarme ni resguardarme en un libro, ni dibujar, ni puedo moverme del sitio al que se me ha confinado de momento involuntariamente.
Casi siempre llego justo a la hora acordada a las citas, a veces un par de minutos antes o después. a veces llego sabiendo que perderé una hora esperando, vicio masoquista el mío.
En algunos casos, en contadas ocasiones, cuándo se que a quién encontraré en esa banca, plaza, café o estación estará puntual sonriendo mientras se aproxima, llego una hora antes a un lugar cercano, y entonces si, leo, dibujo y me muevo libre de un lado al otro, gozando la certeza.

1 comentario:

Coquelicot dijo...

pero ¿qué tal cuando el lugar concertado de súbito deja de existir? y cuando el olvido celuloso se junta a la falta de tarjeta y a un lugar que no se prestaba a búsquedas afanosas?

Sólo te y me quedó vagar hasta toparnos. En ese caso vale la pena esperar creo yo.