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octubre 06, 2011

Sobre esas 4 o 5 personas

Desde que era niña nunca presumí de llevarme bien con todo el grupo en el colegio, la mayor parte del tiempo me llevaba bien con un puñado de personas, consideraba amigos a no más de una decena y trataba de manera cordial al resto. No me entusiasmo buscando a ex-compañeros en las redes sociales, ni me atraen las reuniones de generación que organizan.
Mis amigos siempre han sido pocos, los he conocido en ambientes escolares y profesionales pero en situaciones generalmente extravagantes. Nunca me precipité a acosar a alguien que me llamaba la atención, siempre me tomé tiempo para acercarme.
No se debe entrar en el territorio ajeno sin permiso y siempre he preferido el consentimiento a la mordida. Lo mismo pido.
En un libro de Javier Marías encontré una frase sobre la amistad, en la que hacía referencia a esas 4 o 5 personas a las que sientes la necesidad de ponerlas al tanto de lo que te ocurre. Pareciera que se trata de chisme, de hablar de algo mientras se acompaña a alguien mientras van al cine o comen, beben, fuman, se besan (oralidad omnipresente), pero al menos hoy entiendo que no es así.
Encuentro que después de algún tiempo tienes 5, o 4, o 3 personas a quienes te sientes impelido a contarle tus pensamientos, a compartirles tu vida y a quienes gustoso escuchas. No esperan de ti nada, no tienes que decir nada, no tienes que maquillar nada, no te buscan porque seas el vehículo a una fiesta segura ni quien picha todo. Como me decía mi terapeuta, la admiración va de la mano con el respeto.
Ando sentimental. Para esas 5, o 4, o 3 personas mi agradecimiento y afecto.

mayo 13, 2011

en el camino andamos

Siempre he dicho que odio los autos, que solo saben hacer tráfico y hacen complicado todo. Siempre estoy recordándoles a todos mis amigos automovilistas que es más bella la vida sin tener que preocuparte por dónde estacionar, compra gas o cómo evitar a los franeleros y otros advenedizos.
Caminando llego sin problema del punto A al B, y he logrado evitar los horarios pico en metrobus, metro y autobus. Sacar tarjeta uno, dos o tres, ingresar al transporte, transbordar, caminar, todo con comodidad y eficacia.
En los congresos internacionales soy de las que esbozan una sonrisa de ternura hacia aquellos que desconcertados miran las líneas del tren y las siguen con un dedo tembloroso. El metro de París y el de Berlín o Washington no representan mayor reto que ir de Copilco a Constitución de 1917.
Toda esta independencia automovilística se ve resquebrajada hasta sus cimientos gracias a un solo individuo en el mundo: mi padre.
Mi padre y yo amamos el camino de la misma manera que odiamos el tráfico, el calor o la estupidez humana. Los momentos de mayor intimidad paterno filial se han dado en una carretera, en un embotellamiento, en la recta veloz que cada vez escasea más. Podemos pasar días enteros en conversaciones superfluas, en observaciones irrelevantes, hasta que de repente se presenta la ocasión dorada y nos lanzamos a la carretera.
Disfruto los autos, platicamos de clásicos, jugamos carreras con los del transporte público, grito, pataleo, me río y disfruto del camino; me pongo seria y le digo que no se qué estoy haciendo, que no se qué rumbo estoy tomando, y el escucha, me escucha con toda la paciencia del mundo y me dice algo que se siente venido desde las entrañas de la tierra, me tranquiliza o me aconseja, nunca me juzga.
Y se ríe conmigo, y yo solo quiero abrazarlo y darle las gracias por ser un tipazo, por respetar mis decisiones, por todo ese ingenio, por la sabiduría cotidiana, y yo le doy las gracias al camino y dejo de odiar los autos.