mi habitación entre las 7 y las 9 de la mañana, ese sillón del que no se me puede remover cuando el cansancio pesa, la terraza a cualquier hora del día, un hotel perdido en Palenque -y digo perdido porque yo no se, no recuerdo como llegar a él, pero nada tiene que ver con la presencia y el olvido-, Mariahillferstrasse o cómo se llame esa calle en la que vi amaneceres de cuatro de la mañana, la Señorita Muerdes haciéndome casa en cualquier rincón, los brazos del Señor de la Incertidumbre y la Sonrisa de Polarias. En la Sonrisa de Polaris se esconden los secretos y breves momentos de su alegría, en los que puedo verme reflejada en el brillo de sus ojos y también yo soy feliz; a los brazos del Señor de la Incertidumbre se llega solo cuando se ha abandonado el disfraz. Espero haber entendido la frase de mi hermana y no hacer a un muerto voltearse furioso en la tumba.
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junio 01, 2008
De la casa
De mi hermana, que parafrasea a Blachelard, tomo: "La casa es el lugar del ensueño". Tal vez no son exactas sus palabras, tal vez si. Todo lo que podemos considerar casa, enumero las posibilidades:
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tic-tac
mayo 13, 2008
De las pequeñas y grandes tragedias
La gente busca evitar la tragedia adelantándose a ella. La falsa idea de que el conocimiento de ella la hará llevadera o podrá evitarla lleva a vivir la no siempre inminente y dolorosa situación mucho tiempo antes. Así, aunque no siempre ocurra la tan temida tragedia se comienza a vivir con el dolor sordo (que curiosamente imagino como ruido blanco) que descompone el rostro en un rictus de perenne pena.
El conocimiento no debería ser empleado de ese modo. No debería hurgarse en libros y pláticas añejas ni desperdiciar las horas de sueño en atroces ideas. No debería torturarse a quienes nos acompañan con latigazos de preguntas encaminadas a conocer las entrañas de la temida tragedia. Lo mismo va para un temido engaño como para el incierto dolor que se instaló días atrás en el pecho o en el estómago; engloba a la preocupación que deriva en miedo y angustia. Es el sobre con los análisis clínicos que llegará en tres días o la respuesta al correo que enviamos con el corazón saltando, es lo mismo.
Cuando me afirmas que estás bien instalado en la soledad y me haces parte del mundo de los solitarios, no entiendo otra cosa que tu esfuerzo por adelantarte a la tragedia.
El conocimiento no debería ser empleado de ese modo. No debería hurgarse en libros y pláticas añejas ni desperdiciar las horas de sueño en atroces ideas. No debería torturarse a quienes nos acompañan con latigazos de preguntas encaminadas a conocer las entrañas de la temida tragedia. Lo mismo va para un temido engaño como para el incierto dolor que se instaló días atrás en el pecho o en el estómago; engloba a la preocupación que deriva en miedo y angustia. Es el sobre con los análisis clínicos que llegará en tres días o la respuesta al correo que enviamos con el corazón saltando, es lo mismo.
Cuando me afirmas que estás bien instalado en la soledad y me haces parte del mundo de los solitarios, no entiendo otra cosa que tu esfuerzo por adelantarte a la tragedia.
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mayo 02, 2008
A Polaris
En no pocas ocasiones, el recuerdo de tu sabor me asalta. Se nubla la vista y la cabeza pesa, la punzada en el vientre, el temblor en las rodillas como registros de tu arribo.
Irrumpes sin aviso, no tengo oportunidad de evitarte o de darte una linda bienvenida, solo llegas. Reclamas tu ganado Imperio y yo intento siempre negártelo. Fantaseo así con la idea de que nunca te has erigido Señor.
De sorpresa en sorpresa he llenado semanas, días en los que no te apareces y me traes la calma de saberte lejos y desdibujado. Esto no dura mucho, tu sabor me cruza la boca, tu olor se me pega al cabello, a la ropa, en todos los sitios en dónde quedan marcas de tu paso; incluso la tinta en ocasiones tiene la fragancia de tu pecho.
Y no sé cómo desterrarte, y no quiero hacerlo tampoco; me quejo porque duele pero detestaría no sentirlo. La transición al olvido puede ser hermosa; te he dado tantos nombres.
Irrumpes sin aviso, no tengo oportunidad de evitarte o de darte una linda bienvenida, solo llegas. Reclamas tu ganado Imperio y yo intento siempre negártelo. Fantaseo así con la idea de que nunca te has erigido Señor.
De sorpresa en sorpresa he llenado semanas, días en los que no te apareces y me traes la calma de saberte lejos y desdibujado. Esto no dura mucho, tu sabor me cruza la boca, tu olor se me pega al cabello, a la ropa, en todos los sitios en dónde quedan marcas de tu paso; incluso la tinta en ocasiones tiene la fragancia de tu pecho.
Y no sé cómo desterrarte, y no quiero hacerlo tampoco; me quejo porque duele pero detestaría no sentirlo. La transición al olvido puede ser hermosa; te he dado tantos nombres.
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